Para recibir, hay que dar primero. Por eso quiero compartir con vosotros/as un relato mío. Iré publicando cosas según las vaya escribiendo porque, realmente, éste es uno de los pocos textos que tengo guardados. Arrellanaos en el sillón, invocad a Aedea para dar vida a estas palabras y, por supuesto, ejerced el constructivo derecho de la crítica.
“Casi no pudo mantener el control. Pero, una vez más, tal vez la suerte o el azar fijaron las gastadas ruedas del Ford al asfalto. Ni la lluvia, suave y continua; ni los baches, abundantes en una carretera en obras; ni la gris luz de un cielo encapotado; ni siquiera las lágrimas que emborronaban el camino iluminado por los faros del coche, cumplieron su deseo. Era una locura ponerse al volante en ese estado… pero lo necesitaba. Siguió avanzando por el sinuoso trazado de una de tantas carreteras comarcales, dejando atrás bosques de árboles ennegrecidos por los incendios del verano, mojados ahora por una lluvia que no podía devolverles la vida. En el camino, alguna luz lejana, igual que una bengala en medio del mar, señalaba una cálida vivienda donde cualquier familia se resguardaba de la tormenta. Seguramente tendrían un fuego encendido y estarían jugando a las cartas, o viendo la televisión, o escuchando historias de un tiempo pasado, donde las leyendas de la Costa da Morte todavía estaban vivas en fragas, valles y montañas.
Costa da Morte. Maldito lugar. Maldito destino el de estas tierras, que arrastra consigo las ilusiones y la vida de sus gentes. Malditas las raíces que amarran las almas de sus hombres al mar y que clavan a sus mujeres en la costa con el corazón hundido en las frías aguas del Atlántico. La tormenta arreció. Las gruesas gotas de lluvia formaban un pequeño mar en el parabrisas, pero no importaba demasiado, ya que sus propias lágrimas difuminaban un mundo irreal, un mundo inconcebible, un mundo vacío. Siguió conduciendo sin control por caminos cada vez más peligrosos, los bosques quemados desaparecieron y la dura roca de la montaña se adueñó del paisaje. Ya estaba cerca. Tras la última loma, la carretera desaparecía en una densa bruma. Fuertes columnas de blanco metal ascendían de la nada para soportar aerogeneradores de última generación, los molinos del Quijote ahora al servicio de compañías eléctricas estatales. No disminuyó la velocidad. Estaba entrando en una península. El mar embravecido rugía por encima del hastiado motor y de la fuerte tormenta. En la última curva, el viejo Ford casi termina en la cuneta. Entonces, frenó en seco. Había llegado, la luz del faro bañaba la costa con su intermitente cadencia: dos destellos cortos, un destello largo.
No podía soltar las manos del volante. No podía dejar de temblar. Seguía llorando, era increíble que todavía quedaran suficientes lágrimas que derramar, aunque sospechaba que nunca serían suficientes. Levantó la vista y lo vio. Lentamente, aabrió la puerta y se bajó del coche. El viento golpeó con fuerza su pecho, ensortijó con salitre su pelo y llenó sus pulmones. Comenzó a caminar, en una sola dirección: hacia él, el maldito asesino, el traidor, el fiador de almas, un ser tan magnánimo que segaba vidas sin ser siquira consciente de ello. Maldito. Corrió hacia él, hacia su inmensidad, hacia su indiferencia… y de pronto se detuvo. A sus pies se abría un profundo acantilado y, al fondo, por todas partes, hasta el horizonte, estaba él. “¿Por que?”, le gritó, “¿Por que Manuel? Só tiña 34 anos, e era o meu home. Era meu, ¿entendes? ¡Meu!” Y ya no pudo más. Ahí, al borde del acantilado, junto al asesino de su Manuel, Elvira se derrumbó.
Pasaron horas, su cuerpo estaba aterido de frío, sus lágrimas, al fin, se habían secado. Sin embargo, su mente estaba clara y su pecho ya no dolía como antes. Una fría garra de sal marino oprimía su corazón, pero ya no lo ahogaba como antes, ahora latía de nuevo, muy suavemente. Sabía que tenía que ser así, siempre había sido así. Manuel era marinero, su vida y su destino estaban en el mar, y los de ella con él. Doce años atrás, cuando don Avelino los casó en la iglesia de la Virxe da Barca, Elvira supo que este momento llegaría. Llegaría el día en que el mar le devolviese a Manuel frío y vacío, sabía que el Atlántico se cobraría su alma, como la de muchos otros. Marineros de la Costa da Morte. Hombres valientes y mujeres fuertes. Elvira también sería fuerte. La lluvia había cesado y el viento era ahora una brisa fresca. Las pesadas nubes retomaron su lento caminar y el sol de otoño se acercó al horizonte. Sobreviviría.”
¡Gracias por llegar al final del relato! Enviad los vuestros al correo electrónico, en respuesta a la propuesta de Gianni Rodari o no.